30
Ago
08

el sueño del terrible

Las puertas se abren y el hombre alto entra como un golpe en el salón, casi cayendo al piso. Se tropieza al bajar los escalones, se levanta como puede, empieza a recorrer las mesas. Unas pocas personas se dan vuelta a verlo, la mayoría lo ignora. El lugar está tranquilo, callado, la gente permanece en su lugar. Parece seguro. El hombre mira a los costados y finalmente se acerca a la barra: –Me dijeron que buscara a Blaine, dice.

La ropa arrugada, mojada por la lluvia, la camisa empapada, las manos temblando, repite: Estoy buscando a Blaine.

–Disculpe señor. Blaine no está en este momento. ¿Puedo servirle algo?
–Pero… me dijeron que viniera. Que buscara a Blaine, ¿por qué me hicieron venir si Blaine no está?

El hombre lo mira preocupado. A dos asientos de distancia otro lo observa, trata de ocultar la mirada, de que el hombre alto no se de cuenta de que lo está estudiando.

–El señor Blaine no está, no sé nada más. ¿Puedo servirle algo?

–Tengo… tengo mucha prisa, si puede, por favor, dígale al señor Blaine que necesito que me reciba. No, no quiero nada… ¡no quiero nada dije!

Le sirven un trago sin decir una palabra. El mozo se retira. El hombre golpea con los dedos la barra, impaciente, dibuja escalas, el meñique sobre el pulgar, de do a do y vuelve a empezar. Mira a su alrededor: nadie se inmuta. Todavía no termina de recuperar el aliento, inhala profundamente, intencionalmente. Nadie parece percibir su agitación, su ropa destruida, nadie parece saber lo que ocurre afuera. Toma su trago en silencio, mira con rabia desde su ojo bueno. Ve personas indistinguibles a las que hasta hace un momento huían con él por las calles.

Gira hacia su izquierda. El otro lo sigue observando. Por supuesto. Mojado de pies a cabeza, es extraño que nadie más lo mire. Devuelve la mirada, y entonces lo reconoce.

–¿Gabriel? ¿Gabriel sos…?

–¿Perdón? El rostro en blanco.

–Sí, sí, sos vos. ¿Qué hacés acá? ¿No estabas…? Te perdí… te perdí pero ahora nos encontramos, ¿cómo…?

–Disculpe, está confundido… señor…

–No no, no estoy… o, bueno,sacude la cabeza, tal vez sí, es que… soy yo, Gabriel. Nadie se mueve, él espera que alguien reaccione, que Gabriel responda, espera que una persona despierte y entonces uno por uno, primero unos pocos, luego muchos, luego todos busquen la puerta, empiecen a correr. ¿Qué te pasa? ¿No estabas conmigo hace un momento, afuera? El otro lo ignora. Sujeta su hombro violentamente, lo obliga a mirarlo, igual de alto: ¿No entendés lo que te estoy diciendo?, grita, a nadie en particular ¿Por qué no se mueven? ¡Vamos!

Se pone de pié. Busca con los ojos la salida. Tal vez sí, tal vez saliendo por otra puerta pueda cortar camino, había doblado en el lugar correcto para llegar acá, quizás siguiendo por la parte de atrás… pero un cuerpo se interpone, bloquea la salida.

–Ana… ¡Ana!, es Gabriel el que grita.

–Señor, no ha pagado su bebida, le dice una voz, un hombre en un traje blanco.

–¿Pagar? ¿Pagar? ¿Quiere dinero? No puedo… tenga, tome… tome el dinero, ¡no importa! Necesito hablar con Blaine, él me dijo que viniera, ¡Él!

–El señor Blaine no está en este momento, pero pidió que por favor lo esperara.

–Esperarlo, ¿piensa que se puede esperar, no saben lo que está pasando afuera? Busca una ventana, algo que le permita ver. El hombre lo lleva con firmeza hacia su asiento. Gabriel lo sigue con la mirada, con el rostro preocupado.

–Ana, ¿pasa algo afuera?

Todo está en calma. Las cortinas quietas, las ventanas en silencio. El hombre que lo detuvo lo mira pero no hace ningún gesto. Parece satisfecho con haber conseguido que no se fuera. Automáticamente busca el resto del dinero que trae encima, inservible piensa. Por costumbre lo devuelve a su bolsillo. Se acerca a las ventanas, se asoma. No dan a la calle. Vuelve a su lugar, pide otro trago, pone el dinero sobre la mesa, lo tiene en la mano.

–¿Está más tranquilo?

–Gabriel. Gabriel, ¿cómo voy a estar tranquilo? Estaba… estábamos… Tenemos que irnos. O teníamos que… ¿Por qué Blaine se hace esperar? ¿No me dijo que viniera con urgencia, Gaby, vos no estabas? ¿me entendés? Tenemos que irnos…

–¿Por qué?

–Eh… ¿como…? Gaby… Cuando empezó, ya estábamos escapando, vos estabas conmigo, ¿no?. Salimos aún antes de que sonara la alarma. Vos y alguien más, los perdí entre la gente. Estábamos todos… Una mano restregando el ojo, clavando apenas la uña en el párpado. El otro tuerce la mirada. Gira la cabeza hacia la cocina y grita otra vez:.

–¡Ana! ¿pasa algo?

Le contestan desde lejos.

–¡No!, ¿por? ¿algo como qué?

–No pasa nada hombre, le dice Gabriel.

–Pero… pero, estábamos… Mira a su alrededor. Ana sale de la cocina. Gabriel se le acerca y señala al hombre alto. Ana lo mira un segundo. El hombre se pone de pié, corre hacia una mesa, a otra. ¿Qué les pasa? ¿No entienden lo que sucede? En un momento más este lugar puede… Si Blaine no me recibe ahora tengo que salir. No debería quedarme más tiempo. Pero, necesito…

Corre hacia las ventanas de nuevo, trata de salir. Al darse vuelta choca otra vez con el hombre del traje blanco.

–El señor Blaine lo recibirá ahora. Por favor, espere ahí.

El alto se sienta en una silla de madera, sin acolchar, con un respaldar alto. La silla en frente está vacía. De lejos, Gabriel lo sigue con la mirada. Un instante después un hombre se sienta con el alto. Negro, anteojos oscuros, lleva un perro con una correa en la mano izquierda, el hombre alto a su derecha. Es un animal hermoso, pelo gris, la cabeza sobre la pierna del negro, unos ojos azules abiertos inmensos mirando sin parpadear al alto. Blaine hunde su mano en el pelo del animal.

–Me dijeron que hablara con usted.

–A mí me dijeron que usted me estaba buscando, ¿en qué puedo ayudarlo?

–Hace un minuto estaba… afuera, ahí afuera. Iba a suceder en algún momento. Sabe que necesito ayuda. ¿No me mandó usted a llamar?

–¿Estaba usted afuera? ¿En estas condiciones?

–Sí… ¡sí!, usted sabe lo que está ocurriendo. Tengo que estar ahí.

–¿Y entró aquí?

–Sí, por supuesto que sí… era el acuerdo. Habíamos quedado en eso; cuando llegado el momento, yo…

El negro acarició las crines grises del perro, tiró de ellas, un mechón permaneció parado.

–Cuénteme… ¿cómo entró aquí?

-Estaba… estaba afuera, en la calle, corriendo. Está lloviendo, o estaba, y mucha gente se resbalaba, se atropellaban. Traté de ayudar a algunos, pero no podía quedarme atrás, ¿me entiende? Salí con dos amigos, pero después de un tiempo no sabía si seguían conmigo o nos habíamos separado. En medio de la tormenta cayó un rayo, brillante, quedamos todos ciegos un segundo, y cuando abrí los ojos veía manchas rojas y azules flotando en el aire, gigantes.

Blaine dirigió su rostro hacia él, sus ojos grises sin pupilas, le pidió que continuara. El perro lamía su mano.

-Caminé ciego, pero me di cuenta de que seguía el camino correcto. Doblé en una esquina y encontré la calle con el camino de piedra, el que siempre tomo para llegar aquí. Seguí derecho. No había tanta gente en esa calle, pero de todas formas éramos muchos. Escuché gritos, pedían que nos apuráramos. Cuando los demás se dieron cuenta de que me desviaba, me llamaron. Otros se desesperaron, pero les ordenaron seguir de largo y obedecieron. La gente se descontroló, sentí que me arrastraban. Ví a dos personas que cayeron debajo del resto: una pudo levantarse con ayuda, pero al otro lo arrastró el mar de gente y lo perdí de vista. Yo seguí por el camino hasta acá. Sabía que tenía que doblar en algún momento, y supongo que por instinto lo hice en el lugar correcto. Estaba tratando de llegar cuando me empujaron. Es extraño, hasta ese momento había podido escapar a los golpes y a los empujones, estaba agitado, muy asustado, pero golpeado no. Empecé a rebotar entre la gente, me costó mucho rehacerme. Ya no buscaba seguir, simplemente detenerme un momento para rehacerme. En algún momento reconocí la puerta, pero muchos todavía me seguían, y cuando me acerqué todos vinieron sobre mí. Se abrieron las puertas de repente y entré cayéndome, casi golpeando el piso, me tropecé con los escalones. Me ofrecieron un trago, vi a Gabriel… usted sabía que iba a venir, me mandó a llamar, ¡usted me mandó a llamar!

Blaine calla. El perro lo mira con ojos redondos, temblando, su mano inmensa sobre la cabeza del animal.

-Si tenía algún lugar a dónde ir, le recomiendo que parta inmediatamente. Ya ha descansado lo suficiente y parece que puede retomar su camino.

-Pero… pero… el alto está a punto de ponerse de pié, vuelve a sentarse, la palma abierta sobre la mesa. ¿Qué pasa con ustedes? Todo el mundo está tan tranquilo aquí, es… ¿es seguro? ¿podría quedarme hasta que pase? ¿estaría seguro?

No sé si es seguro para usted, pero en algún momento debe volver a salir, y quizás tenga que completar su camino solo. Es peligroso. No pretendo expulsarlo, pero le recomiendo partir inmediatamente.

-Pero… podría quedarme aquí. Si no ocurre nada, podría quedarme aquí, y después… después volver. Quiero decir, este parece un lugar seguro, por ahora…

El perro ladra. El negro parece hacerse más grande, parece hablar sin mover los labios:

Hay un cuento, sabe, una historia de Mark Twain. Un hombre llega como un desconocido a un pueblo. Es un anciano decrépito, destruido. Habla con los niños que están jugando en la calle, y empieza a concederles deseos. Uno a uno esos deseos tienen consecuencias terribles para ellos. Es una historia contada mil veces: ese hombre era el diablo. Siempre sentí pena por ese anciano condenado a repartir toda una serie de muertes pequeñas a la gente que lo conocía. Afuera lo esperan, supongo, usated estaba buscando algo, quería alcanzar a alguien. En este lugar está efectivamente a salvo, pero me daría mucha pena haberlo traído aquí para que se quedara y ser culpable de la pequeña muerte de lo que queda entre usted y lo que hay afuera.

El hombre alto lo mira, aterrado. Las cortinas se sacuden, apenas. La gente permanece inmóvil, sin reacción. Solo ahora descubre que Gabriel estuvo escuchando, atento. Tal vez él también se da cuenta, tal vez ahora entienda. Se da vuelta para mirar a Blaine, y su rostro ya no está dirigido hacia él: sabe que no dirá una palabra más. Sus ojos están cerrados, su cabeza está apenas inclinada, su boca abierta. El perro retira la cabeza de abajo de la mano muerta y corre hacia la pared. Se esconde detrás de las cortinas, abre una ventana con las patas y el viento sacude las cortinas, golpea las batientes.

Gabriel cruza su mirada y en un solo movimiento se dirigen hacia la puerta, llegan al mismo tiempo. La gente se pone de pié, se aleja de las ventanas. El viento voltea las mesas. Empujados por la gente que intenta salir, Gabriel y el hombre alto abren las puertas. Afuera el mar de gente ha crecido, sigue avanzando. Dudan, pero al ver un claro se lanzan veloces, el agua en sus rostros, el salón se vacía. El hombre alto siente la mano firme de Gabriel en el hombro, encuentran un camino por el cual seguir. Avanzan un buen trecho sin separarse. Sienten en sus pies las piedras de la calle, cada hendidura, cada saliente en sus suelas. Un arco de luz cae como un arcoiris la gente alcanza a verlos. Sus voces se alzan por sobre el ruido de la lluvia, ya no huyen. Ahora, definitivos, avanzan.


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Oxi-bithue es una marca de cigarillos que solo se vende en el Uruguay. Se supone que fumar oxi's es pertenecer a un selecto grupo de personas, que dos fumadores de oxi pueden reconocerse de lejos.

 

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