Primero una mano, después el roce delicado de la tela y sus ojos ya no ven. La palma abierta de la mano cubre su rostro retirándose lentamente, lo acaricia y se aleja dejando solo el roce de las yemas de los dedos, y después, por un instante, nada.
Los dedos regresan y acarician el borde de la cara, el aliento compartido promete un beso. Ella puede adivinar la boca abierta cerca de su rostro, los dientes a punto de morder la punta de la nariz. El aliento se retira y un beso llega por el lado opuesto: lo sintió moverse. Sus brazos descansan junto a su cuerpo inmóviles. Él no debe hablar: a veces habla pero hoy no debe hablar. Solamente debe cerrarle los ojos y viajar en silencio a su alrededor, elegir el momento adecuado. ¿Lo entiende él como lo entiende ella? ¿Sabe lo que busca? Ahora con sus manos él acaricia sus muslos, como le gusta hacer. Siente el peso de su cuerpo, la cabeza apoyada entre los senos, suavemente. Gira y el pelo le hace cosquillas en los pezones, la roza por un segundo. ¿Él lo vio, lo hizo? Ahora lo siente bajar con sus labios y con su lengua hacia su ombligo, presiona con sus dedos, casi agresivo, pero todavía no. Todavía puede verlo, sabe que está sonriendo con su media sonrisa. Se desvía y se acerca a sus brazos, los besa desde los dedos hasta que se encuentra con el torso, va una por una por sus costillas y vuelve al ombligo. Pasa sus manos pasan por detrás de su espalda y la sienta sobre sus piernas. Por primera vez ella mueve los brazos, pierde el equilibrio; es solo un segundo: inmediatamente él la sostiene y la acerca. Ella se sujeta a su espalda y se deja mecer: un minutos, ¿dos?, él se queda quieto, la deja apoyarse contra su cuerpo. Luego un dedo baja por su espalda hasta la base de la columna, al borde de la división, apenas hace presión. Su cuerpo se tensa. Instintivamente abre los ojos pero no puede ver nada, recuerda que debe relajarse y vuelve a apoyarse: sus manos completamente abiertas contra su espalda, sujetándolo. Empiezan a mecerse hacia adelante y hacia atrás. ¿Quién empezó el movimiento? Ella continúa, siente un levísimo roce, apenas se atreve a cambiar de posición, pero continúa moviéndose hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante, hacia atrás. Finalmente él se deja ir y ella apenas alcanza a colocar sus manos contra la cama para suavizar la caída. Siente el borde no muy lejos, quizás hasta su cabeza esté apoyada en el aire, su cuello contra el borde de la cama. ¿Dónde está? Sus manos se movieron: vuelven a bajar por los muslos y llegan hasta los pies, acarician los dedos y viajan rápidos hacia el pelo. Su cabello cae sobre su cara: ella sabe que también esta cayendo sobre la cara de él, siente como mueve la cabeza, lo escucha sonreir. Por un segundo los labios contra los suyos, que se retiran enseguida: no la había besado hasta ahora, piensa. Ella lo busca pero encuentra su cuello, su barba, él aleja su boca, cruza su cuello con el de ella, busca todo el contacto, toda la piel. Su mano tantea y cuando encuentra algo cambia de posición: está boca abajo, su boca junto a su oreja, una almohada cubriéndolos. ¿Está hablando? Algún susurro, al oído, imperceptible, solo un silbido entre los dientes. Las cuatro manos abajo de la almohada, los dedos enlazados.
Ella levanta apenas las caderas para permitirle entrar. Está a punto de hablar, de preguntarle si puede encontrar su camino; cuando recuerda que debe permanecer en silencio él está adentro de ella, moviéndose con ritmo. Lo siente completamente apoyado contra ella, otra vez el cuello, la barba, todo su peso contra ella: sabe que él acerca su oído a su boca para escuchar su voz, apenas, esa voz que siempre se escucha, esa voz que después de un minuto no puede evitar salir, un suspiro que viene junto con los ojos cerrados, con los brazos tensos y los abrazos fuertes y la piel sudada y el aire que no sale. Se detiene apenas lo suficiente para que ella se de vuelta y le de la cara con los ojos ciegos, cubiertos. Él a veces abre sus ojos cuando la besa, la mira sonreir y cerrar los ojos, como si la espiara. Ahora ella también se mueve, ahora ella también lo sujeta y sube con sus manos a lo largo del costado de su cuerpo, se apoya entre sus brazos y su pecho, las manos en los hombros, en el cuello, en el pelo, sus manos en su rostro, los pulgares debajo de la tela en sus ojos y luego suben, los labios que muerden apenas las pestañas, los ojos cerrados con fuerza que no se quieren abrir hasta el final en que lo ve sobre ella un instante antes de desplomarse rendido, su media sonrisa, su aliento agotado, sus ojos, también, cubiertos.
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