I
Desde que vivo solo redescubrí a la mayoría de los habitantes edificio, como si ahora que yo era el único ocupante de mi departamento ellos sintieran la obligación de presentarse de nuevo y yo de conocerlos. Me saludan, los saludo, me repiten su nombre como si nos encontráramos por primera vez (de todas formas olvido la mayoría de los nombres), todos conocidos de años. Sin embargo a ella no la había visto nunca antes; la vi por primera vez un lunes por la tarde bajando del ascensor. Se llamaba, y se sigue llamando, Frida. Ese día viajé con ella hasta el tercer piso y la seguí con la mirada hasta que entró al departamento al final del pasillo. Después apreté el botón del quinto.
Nos cruzamos varias veces esa semana, siempre a distintas horas. Mi trabajo en la facultad me obligaba a llegar y salir a la misma hora todos los días y nunca podía estar seguro de si la iba a ver llegando, saliendo, o si no la iba a ver. Con el tiempo descubrí lo particular de sus pasos en la calle, me acostumbré a sentarme en el balcón a tomar sol a leer o escribir con los oídos atentos.
En el tercero vivía el viejo Gustave. A él también lo veía cada tanto, caminando por el pasillo en ojotas con una bata enorme y probablemente nada de ropa abajo. También aprendí a reconocer el sonido de sus pasos cuando sacaba la basura, a la misma hora que yo, después de las visitas de Frida.
Las damas del edificio estaban indignadísimas. También en el ascensor, viajando con dos vecinas del séptimo, me enteré que no era la primera vez que el viejo Gustave recibía semejantes visitas. Lo peor, decían, es que parece que las elige por año. La pequeña, dijeron, sí, la que era una señorita diminuta y antes de ella la morocha, tan tan tan tan alta. Ahora la pelirroja. La pelirroja no tenía carita angelical, no era tan alta, no merecía calificativo alguno. Se vé que por lo menos a esta le da un poco de vergüenza, dijeron.
Esa tarde Frida vio que me había quedado mirándola sin apretar el botón. Me gusta creer que ella sí adivinó mis horarios y que fue entonces que esos encuentros empezaron a ocurrir más seguido, que fue esa vez o la vez siguiente que Frida se quedó de espaldas a la puerta esperando que le abran, mirándome. Descubrí que las mujeres tenían razón, era como si Frida caminara ocultando su rostro, y solo en ese momento se me presentó por primera vez, blanca, con su sonrisa pequeña.
II
La vi llegar un par de veces más desde mi lugar en el balcón, pero no volvimos a cruzarnos hasta después de la primera reunión del consorcio en la que quisieron discutir el tema. Nunca se me hubiera ocurrido que “Moral y Costumbres” pudiera figurar en el temario de una reunión de consorcio, aunque pensándolo bien, era este consorcio, así que no sé por qué me sorprendí. Pensé en ir y mostrarme tan indignado como todos ante la aparición de esta misteriosa nínfula con su ropa de patchwork y sus aires cerrados y sus rulos falsos, pero la discusión murió antes de empezar. El administrador conocía personalmente al viejo Gustave y no permitió que siquiera se planteara el tema. Dijo que era el inquilino más antiguo del edificio y que jamás había recibido ninguna queja acerca de él. Yo agregué que era un hombre muy correcto que siempre sacaba la basura a las seis, como corresponde, y el administrador pidió por favor una vez más a todos que respetaran el horario de retiro de residuos, que no dejaran las bicletas en el pasillo y que levantaran la mierda de perro, especialmente si cagaban en la puerta del edificio. Tuve que conformarme con la indignación de la mujer del segundo y su espantoso perrito de ojos saltones.
Al otro día la encontré otra vez en el asensor. Cuando me agradeció que la esperara para subir le contesté que era un placer, especialmente después de que hubiera desatado el escándalo y el espanto de las damas de la alta sociedad.
¿Yo?, me preguntó. Por supuesto, le dije. Es gente que vive buscando algo de qué indignarse y no hay nada más indignante que una chica linda visitando a un viejo que anda por el edificio en ojotas y bata. Sus ojos tenían algo de alegre y de sonriente y me dijo que parecía estarme divirtiendo. ¿Tal vez disfrutaba del escándalo de la alta sociedad? Por supuesto, le dije, y espero que continúe. Entonces vi algo más: la vi cansada, vi su sonrisa pequeña crecer un poco e inflar sus mejillas y dibujar arruguitas, la vi con más horas a cuestas. Quizás el escándalo sería todavía mayor, me dijo, si ella visitara a dos personas en este edificio. Bajó del ascensor, cerró la puerta y caminó por el pasillo hasta el fondo. Golpeó, y se dio vuelta para verme esperar a que el viejo Gustave le abriera la puerta, la dejara pasar.
III
Una tarde me la encontré bajando por las escaleras. Me detuve en el tercer piso. Ahí estaba Frida. Me sonrió, me preguntó si podía acompañarme; bajamos juntos, le abrí la puerta. Le dije que también estaba invitada a acompañarme al super. Me dijo su nombre paseando entre latas de conserva y paquetes de fideos, y que tenía que volver a casa en un par de horas. Dijo que me había visto varias veces cargar libros con títulos en inglés o en alemán, me preguntó si estudiaba en la universidad, qué estudiaba. Le contesté que sí, matemáticas (un poco de miel, para el té). Se quedó callada un segundo, como midiendo lo que iba a decir, y después me preguntó si mis horarios eran muy exigentes. Le dije que el trabajo era agradable y tranquilo, y podía elegir mis horarios casi a placer. En esos tiempos estaba terminando la licenciatura y había empezado a dar clases en la universidad. Había conseguido suficiente dinero como para mantener el departamento por mi cuenta y ahora vivía solo. ¿Con quién vivías antes?, preguntó. Con mi viejo, en ese mismo departamento (ajo en polvo, pimienta, orégano). Él ahora se había mudado a una casa que teníamos en el centro desde la cual se manejaba más cómodamente y yo me había quedado con el departamento, a condición de que lo bancara yo solo.
Agarré pan para el desayuno, salchichas para la cena, papas para después, los puse en el carrito y me detuve frente a los vinos. No tenía la menor idea de qué comprar así que le pregunté si le gustaba alguno en particular. Volvió a hacer esa sonrisa cansada y me dijo que le gustaba un Malbec de Valmont que era menos malo que barato. La invité a tomar uno con la cena en casa. Me tengo que ir, pero acepto para la próxima vez, dijo, poniendo una botella en el carrito.
IV
Cuando la escuché llegar la vez siguiente me sentí tentado de bajar corriendo y encontrarla en el pasillo, recordarle la invitación. No lo hice y me distraje con alguna demostración hasta que unas horas después ella me tocó el timbre. Como de costumbre me había olvidado completamente de la cena pero tenía ravioles congelados. Me ayudó a hacer a un lado los libros, me dejó que la abrazara mientras los movíamos. Armamos una pila en el velador de mi cuarto y pusimos la mesa en el living. En esas épocas anochecía muy tarde pero afuera ya oscurecía. Comimos muy despacio y era noche cerrada cuando terminamos; no tomamos ni la mitad del vino. Puse la pava al fuego y preparé un poco de café. Ella me acompañó hasta la cocina y nos quedamos hablando ahí mientras el agua hervía.
Me dijo que vivía en Boedo, que si tenía ganas de caminar después del viaje hasta acá venía en tren y caminaba las seis cuadras desde la estación, y si tenía ganas de caminar antes del viaje caminaba ocho cuadras hasta la plaza y ahí tomaba un colectivo que la dejaba en la esquina, que en las mañanas trabajaba haciendo los trámites y las compras de un señor mayor que vivía cerca de su casa, que con eso no alcanzaba. Tomamos el café ahí, de pié en la cocina. Abrí la ventana. Si uno deja la ventana de la cocina y la del balcón abiertas al mismo tiempo el viento corre por toda la casa. Fuimos al balcón y ella se quedó mirando la calle. Me preguntó por la facultad. Le dije que era un trabajo muy agradable: estudiaba con horarios bastante flexibles y mi trabajo era muy poco exigente: unas horas para preparar las clases y en su mayoría gente interesada. Debe ser muy lindo, me dijo. Debe haber poca gente que se dedica a estudiar matemáticas sin que realmente le interese, y entonces cuando les hablás sabés que la gente te está escuchando. Sí, jamás pasa, a la mayoríano le importa, pero uno puede mentirse y creer que sí un rato. Apoyó su espalda contra la baranda y miró hacia adentro. Dejó la taza en el piso; cuando me acerqué a dejar la mía retrocedió apenas y subió su mano hasta mi hombro por dentro de mi manga, no le molestó que rodeara su cintura o que tratara de besarla pero bajó un poco la cabeza, me empujó con su nariz. Dejó que la besara, se escondió en mi cuello, en mi pelo, se quedó lo más cerca que pudo. Más tarde bajé con ella, le abrí la puerta y la acompañé a la parada del colectivo, y después en colectivo hasta la plaza, y después de la plaza hasta su puerta. Eran como las cuatro cuando empecé a adivinar el camino de regreso a casa.
V
La mayoría de las veces nos veíamos en mi casa. Ella venía después de pasar por el departamento de Gustave. Cuando le dije que podía quedarse se me quedó mirando. Me dijo que no podía pero que le encantaría. La semana siguiente trajo un libro y nos quedamos leyendo en la cama. Recuerdo que se lanzó a la cama con el libro en la mano sin mucho cuidado y de alguna manera nuestros cuerpos se acomodaron solos. Me quedé dormido en seguida y al poco tiempo ella apagó la luz, se dio media vuelta, empezó a despertarme y a distraerme del sueño. Tengo grabada en la memoria la sensación física de buscarla en la oscuridad, de lo fácil que era encontrarla, acercarla y tocarla.
No fui a su casa suficientes veces como para aprenderme el camino de ida de memoria, pero tengo muy presentes mis regresos. Vivía en la casa de sus viejos en el cuarto del fondo, aterrada de que nos vieran coger por la ventana, indiferente ante el hecho de que sabían perfectamente que lo estábamos haciendo. Recuerdo haber escrito algo por esos días, una carta que le envié después. Decía que ir a tu casa tiene algo de invierno, de pullover negro de cuello alto, de viajar en tren y quedarse esperando en la puerta a que frene lo suficiente y saltar al andén, eso es lo que recuerdo de ir a verla, los viajes en tren. Pero lo que más recuerdo es que volvía de noche, siempre de noche.
Nunca me quedé allí. Siempre, alrededor de las dos o tres de la mañana, caminaba las calles vacías, cruzaba las vías y llegaba a la plaza a esperar el colectivo. Mis manos olían a coger, a buscar entre libros viejos y pintura seca que se queda bajo las uñas, a jugar en el piso y a coger otra vez. Recuerdo que sentía la sangre hervir mientras caminaba, tenía esa sensación extraña de que te late la piel, te arde en muchos lugares a la vez. Pensaba mientras volvía, en medio de un sueño, que la ciudad era un cuerpo enorme y los colectivos con la gente que viajaba en ellos eran la sangre, y yo era parte de ese cuerpo, viajando.
VI
A las tardes me quedaba en el balcón esperando escuchar los sonidos que reconocía como suyos. Estaba acostumbrado a escuchar sus pasos ligeros o el golpe de un paraguas en los días de lluvia. Sabía que pasaría por el tercero B por un par de horas, y esas eran las horas en las que podía concentrarme tranquilo y estudiar, horas en las que sabía que no podía esperarla. A veces llegaba sin avisar, sin que lo esperara. Una vez la escuché llegar, me dispuse a no pensar en ella por un par de horas, y en seguida la sentí buscar entre sus llave, abrir la puerta y entrar. Se paró detrás mío con las manos apoyadas en el respaldo de mi asiento y me dijo yo te conozco.
Esa misma tarde me desperté y ella estaba a mi lado, dormida. Había tirado la almohada al piso, tenía las manos apoyadas sobre la cabeza, hundida en el colchón. Con el dedo índice bajé desde el cuello, recorrí su espalda hasta la base y se despertó con un escalofrío. Se asomó entre sus manos blancas, su pelo rojo y me miró como si me estuviera mirando a kilómetros y kilómetros. Le conocía su sonrisa pequeña, esa sonrisa con la que oculta algo, y su sonrisa grande y cansada, con la que mostraba que no tenía nada para ocultar. En ese momento le vi su sonrisa dormida, una sonrisa que no quería decir nada más que tengo ganas de sonreir y darme vuelta y seguir durmiendo. Juguemos algo, le dije.
¿Me tengo que mover? Le dije que podía quedarse quieta. Apoyé mis manos sobre sus ojos (los cubrieron por completo, se acomodaron perfectas a las cuencas): sin abrir los ojos y sin pensar, decime en este momento, quién sos.
-Frida Kahlo.
VII
Las mujeres del ascensor ya no me hablaban más, aunque recordaba lo que habían dicho, que las mujeres de Gustave venían por un tiempo y después no venían nunca nunca más. Pero Gustave quedaba. Ella me había dicho, y yo le creía, que Gustave había prometido que era la última. Que cuando terminara con ella se iba a ir de viaje por un tiempo, y que si ella quería la iba a llevar. Más indignadas que nunca, menos razonables, aún incapaces de sacar la basura a tiempo, las señoras me ignoraban y seguían mis pasos, las veía espiarme entre los pasillos.
Sentía una forma de complicidad con el viejo Gustave, lo imaginaba riéndose como me reía yo, divertido, pícaro. Frida me había confirmado lo que todos sospechábamos: debajo de su bata el viejo estaba completamente desnudo. Pensé en empezar a usar una bata yo mismo, pero después decidí que no era buena idea. En lugar de sumar, hubiera restado al escándalo, hubiera hecho de todo esto una mala imitación del viejo.
Era una especie de ritual entre nosotros. Se despertaba, se daba vuelta para que pudiera acariciar su panza (pancita), cerraba los ojos y decía juguemos algo. Aprendimos de memoria el Jabberwock, lo recitábamos juntos uno frente al otro completamente desnudos. También aprendimos algunos pasajes de Hamlet, mis excelentes amigos, ¿qué los trae a Elsinore? Dinamarca es un prisión, y todo eso. Aprendimos a jugar al go y nos aburrimos a las dos semanas, estudiamos alemán (Es brillig war Die schlichten Toven/Wirrten und wimmelten in Waben;/Und aller-mümsige Burggoven/Die mohmen Räth’ ausgraben, me gusta ese último ausgraben, cómo rima con in Waben), fuimos a una milonga y le enseñé a resolver los problemas de lógica que salían los sábados en el diario. Un día se dio vuelta y me dijo que se iba con Gustave, las narices abiertas y los ojos en la nada del techo.
Había dejado caer el chocolate helado sobre su estómago y noté apenas un respingo, apenas una reacción. Tomé un bocado, lo llevé hasta su boca. Me besó muy despacio con su boca cerrada, probó el chocolate con sus ojos perdidos como cuando quería hablar y hablaba. A veces hacía eso, a veces se quedaba callada un segundo como reuniendo fuerzas y empezaba a hablar con esfuerzo, como derrotando algo. Me dijo que Gustave la iba a llevar al norte y después iban a salir, iban a ir a Francia, a Bélgica y a Holanda, y puso los ojos en blanco mirando al techo.
Lo había mencionado antes, como un proyecto o algo que quisiera hacer, como hablando de algo que no tiene por qué pasar. Cuando me lo dijo estaba pálida. Recuerdo haberme sentido pequeño, muy muy pequeño. Me sentí mucho menos cómplice, mucho más solo. No pude acusar de Gustave de traición, porque era una complicidad que él no había firmado. Miré hacia la puerta y ahí estaba la vieja del séptimo espiando, y en lugar de dar vuelta a Frida y coger mirándola a los ojos como a veces hacíamos quise pararme y abrir la puerta, gritarle que se fuera, y la odié por verme tan pequeño, por una vez odié que me estuvieran viendo con Frida desnudo y desée con todas mis fuerzas que ese momento fuera un poco más largo, que sobrara un poco más de tiempo y estar solo, solo solo solo con Frida solo.
VIII
Tal vez haya ido a su casa una vez después de esa conversación, pero no más. Tuvimos un acuerdo tácito de vernos un poco menos por un par de semanas. Lo sobreviví bien. Descubrí que disfrutaba de la presencia de Frida pero su ausencia me costaba poco, podía no pensar en ella. No pude dejar de sentirme mal una tarde en que la escuché llegar y salir dos horas después sin pasar por casa. No me quedaba la menor duda de que para ella era un esfuerzo tan grande como para mí, o no me queda ahora, que sé que volvió a entrar al edifició cinco minutos después y subió a verme.
Un día jugamos a no vernos, a no estar con el otro, en el mismo cuarto. Entonces sí la extrañé, la extrañé completa, la extrañé de arriba a abajo y abracé mi almohada esperando que fuera ella y el juego no pudo durar más de cinco minutos. Jugamos a no besarnos, a abrazarnos y mimarnos y tocarnos y no besarnos. Frida avanzaba, retrocedía y dudaba, estaba a punto de. ¿Dudás Frida? Siempre, siempre dudas, dudo de partir, de irme, de quedarme acá. O no, tal vez no, sabés que no dudás, pero elegir una cosa no hace que todo lo demás sea tan pequeño, no hace lo elegido tan grande, no lo hace suficiente para elegir y no dudar.
IX
Para esas épocas ya anochecía mucho más temprano y un día nos metimos en la cama a las siete con un té caliente en la mesita de luz. Frida Kalho, había dicho aquella vez: su cuerpo cobró vida de repente, se sentó como si se hubiera despertado de golpe, los ojos cerrados.
-¿Adiviné?, me preguntó, sonriendo. ¿Eh, eh, adiviné?
Hice que se recostara de nuevo y le dije que sí, que había adivinado, retiré las manos, besé sus ojos cerrados. Que era Frida K., besé su boca, la amante de Pablo, el cuello, la visita de Gustave K., retiré las manos, la hija, le hice cosquillas con mi barba, la madre, pasé por su pezón hundido, la amante, su ombligo, mordí los vellos con mis labios, busqué con mis dientes, con mi lengua, busqué con todas mis fuerzas, la misteriosa acompañante de Gustave K. y la sentí temblar, clavar sus dedos ciegos en mi cabeza.
Dormí abrazado a ella, con su cuerpo cerca, lo más cerca posible. Descubrí, como no podía dejar de descubrir esos días, que habían construido a Frida con las piezas exactas para acomodarse a mí, con el tamaño perfecto y la forma perfecta para que yo la abrace. Cerré los ojos, me acerqué con fuerza: no estaba dormido, no estaba tenso; escuché los pasos del viejo Gustave en el pasillo del piso de abajo, sacando la basura. Salí con cuidado procurando no despertarla, me movi con Frida siempre cerca y bajé lo más rápido que pude las escaleras: mis pies hacían el mismo ruido que los del viejo. Una luz pálida salía de la puerta entreabierta del departamento del fondo del tercer piso y entré. Cuarto tras cuarto las luces estaban bajas pero no apagadas. Frida ya no estaba conmigo, el departamento estaba vacío. Habían partido y yo estaba buscando algo, algo que me recordara a ella. Empezaba a perder el olor a pintura en los dedos pastosos, poco a poco las cosas que ella había dejado en casa se iban guardando en un cajón y buscaba algo nuevo, algo que hubiera quedado en esa casa. Uno de los cuartos estaba mucho más iluminado que el resto. La luz me cegaba, sentía los pies pesados como cuando Frida se subía a ellos. Adelanté una mano para cubrirme los ojos, y la intesidad de la luz bajó. En la pared opuesta una manta enorme cubría una pared, un pastiche de colores y formas y manchas, cubierto de pintura. Tiré de la manta. Se envolvió sobre el cuerpo de una mujer que yo conocía, de una imagen de abrigo, de hace frío y nieva afuera. La mujer del cuadro acababa de entrar a su cuarto, caliente: afuera estaba nevando y una por una llegaban mujeres y pensaban lo mismo, se acurrucaban y se envolvían en su manta desnudas a disfrutar del calor de su casa y su cuerpo juntas, tres, cuatro, siete, veinte, llegaban una por una. A la izquierda, un poco alejada y de espaldas estaba Frida, mi Frida roja, mi Frida blanca, Frida como había quedado grabada en mi memoria, como todavía la recuerdo ahora, atrapada por Gustave para mí en un medio más permanente: él también la había visto dormida, desnuda, la cabeza escondida debajo de sus manos, el pincel bajando despacio por su espalda desde el cuello hasta la base, acariciándola un segundo antes de despertar.
Esto pasó por un par de manos. Hace poco me convencí de que lo tengo que escribir todo de nuevo, así que esto es nada más que una versión preeliminar.