08
Jun
09

las visitantes

Para m.m.m

Estaba caminando solo, pateando una lata o pensando en otras cosas. No tendría más de catorce o quince años y en esos tiempos no miraba demasiado para los costados, debía estar distraído cuando me atraparon.

No era algo extraño en esos tiempos, o demasiado grave, pero no pude dejar de sentir cierta desesperación. Uno nunca tiene control de lo que le ocurre, pero cuando el control total está en manos de una persona oculta es muy fácil desesperarse: ¿qué garantías de comprensión, de cuidado hay?

Te educaban, desde pequeño, a que dejaras que las cosas ocurrieran. Todos regresaban al poco tiempo y en perfectas condiciones. Trataba de repetir mis lecciones, sin convicción. No podía estar seguro de que no me harían daño, me costaba confiar en lo que me habían explicado.

Guiándome, sin obligarme, me llevaron a un cuarto pequeño y me pidieron que permaneciera ahí. Obedecí sin decir una sola palabra. Después de un momento, una voz me indicó que pasara al cuarto contiguo: era un cuarto de baño bien equipado, pero nada más. Me ordenaron que me limpiara: fui rápido, discreto, minucioso.

Me llevaron a otro cuarto, un cuarto de hotel viejo, sin televisión, sin ventilador, apenas una ventana (no me atreví a mirar) y unas cortinas color crema, una cama con una mesita al lado y un placard abierto, con unas perchas colgadas, vacías. Mi ropa estaba doblada sobre una silla en un rincón; me dijeron que no las tocara hasta que estuviera solo otra vez, y se fueron. Me recosté en la cama con los ojos fijos sobre la puerta, convencido de que cuando se abriera no me atrevería a mirar.

Cuando la puerta se abrió tenía los ojos fijos y me olvidé de cerrarlos. Entro una mujer, una mujer un poco más pequeña que yo, de piel muy blanca y pelo largo. Algo en mí se sintió decepcionado por lo parecida que era a tantos otros hombres y mujeres que había visto en mi vida, pero la sensación que más recuerdo es alivio.

Ya dije que era blanca: su cuerpo entero era de un color casi indiferente. Tenía el cabello largo hasta la cintura y se acercó lentamente, mirándome. Al principio pensé “no va a hacer nada. No me ve, no existo, se va a recostar a mi lado como al lado de nada”. Pero me estaba mirando. Me di cuenta cuando estuvo tan cerca que pude escuchar su respiración y escuchar que me susurraba algo. Lo que decía no tenía mucho sentido, pero las palabras tenían un cierto ritmo, como si las recitara. Eran palabras amables, me prometió que no me haría daño.

Se colocó encima mío y continuó acariciando mi rostro sin delicadeza. Repetía que no iba a lastimarme. No tenía miedo de que me lastimara: me habían educado para escuchar, para esperar paciente. Tal vez a ella la habían educado para tranquilizar.

Seguía inmóvil, incapaz de reaccionar. A ella no le molestaba el contacto, lo buscaba. No esperaba eso. Estaba preparado para no moverme, para no actuar, pero era casi como si me tentara al rozarme con su pelo. Mis brazos colgando al borde de la cama no respondían, pensé que había perdido la capacidad de moverme.

Decidí empezar con algo pequeño: intenté sentir lo menos posible y empecé a frotar la sábana entre mi pulgar y mi índice (la sábana era áspera, odio el roce de lo áspero). Ella empezó a moverse un poco más rápido, casi no me miraba, pero cada tanto me espiaba entre su cabello. Sentí la misma desesperación que cuando me atraparon, pero ahora fui más conciente del motivo: ¿cómo saber que todo lo que me habían dicho era cierto? Y aún si fuera cierto, ¿cómo podían saber lo que me iba a pasar a mí, ahora? ¿era esto lo que esperaban de mí? La sensación se hizo cada vez más fuerte y tuve que desviar la mirada: fue instintivo, fue mi primer movimiento que hice desde que ella entro al cuarto. Movió su mano izquierda, apoyada sobre la cama, levantó mi rostro con firmeza, me obligó a mirarla directamente a los ojos. Brillaban.

La sensación en ese momento era aún más fuerte pero mucho más soportable, me sentía más libre para moverme. Estrujé la sábana con mi mano, la arranqué de su lugar. Disfruté el movimiento, la posibilidad de reaccionar. Volví a prestar atención a lo que veía. El cabello cubría completamente su rostro, en medio veía esos ojos oscuros, llamándome. Sintió que tenía agarrada la sábana y puso su mano sobre mi muñeca, la sujetó con fuerza, me obligó a permanecer inmóvil. Empecé a estudiarla yo también: su cabello era largo y lacio, el mentón apuntaba hacia afuera, sus piernas eran un poco pesadas. Uno de sus pezones parecía hundido. Creía ver algo en su rostro. ¿Podía ser?

Traté de liberar mi mano y después de una pequeña lucha apoyé la palma abierta en un costado de su cuerpo. No era particularmente suave, o particularmente nada, pero mi mano se deslizo subiendo y bajando hasta apenas sentir apoyado el peso en mi pulgar. Empezó a moverse con mayor violencia, a sacudir su rostro. Formé una copa con mi mano, sentí su peso, mi pulgar presionó su pezón. En ese preciso instante la sentí reaccionar con todo su cuerpo. Se lanzó hacia atrás, se puso de cuclillas sobre mí, se quitó el pelo del rostro con una mano y me quedé mirando. Ella sonreía, sonreía con su boca y con su rostro y todo su cuerpo mientras se movía. La mano que antes me había sujetado contra la cama ahora la usaba para mantener mi mano contra su pecho, se apoyaba con la otra, mi pulgar rozando su pezón, su boca abierta, mi boca abierta, y cuando la sensación se hizo tan insoportable presioné su pezón, lo hundí lo más que pude cuando sentí que se llevaba todas mis fuerzas; por un segundo no pude respirar, no encontraba suficiente aire para llenar mis pulmones, para recuperar el aliento.

Desperté, así que debía haberme quedado dormido. Supuse que me habrían dejado solo y que era el momento de irme, pero no. Ella estaba recostada a mi lado, mirándome como me había mirado al principio, estudiándome. Tardó un rato en notar que estaba despierto.

Paseaba los dedos por mi cuerpo como distraida hasta que en un momento encontró un lunar. Me miró a los ojos, acercó el rostro y lo estudió en detalle. Pareció olfatearlo, sentir su tacto contra su rostro, acercó su boca y lo mordió. Hice un gesto para alejarla (inconciente) que pareció divertirla más, porque me sonrió con esa sonrisa que uno les ve a los leones o los tigres que vuelven a buscarte. Entonces sí tuve miedo, quise correr o cerrar los ojos y no estar ahí, pero ella me detuvo, volvió a atacarme para que me resistiera. Esa vez fue más facil, fue más agradable. Pude reir yo también cuando se dejó mover, cuando la tuve abajo mío, cuando estuve adentro de ella, cuando yo dicté los movimientos.

Más tarde se puso de pie y se vistió lentamente, colocándose despacio la ropa, abrochándose hasta el último botón. Entonces se dio vuelta y como un regalo antes de irse, me habló: “Te resististe, jugaste y peleaste todo lo que yo quise, jugamos cuando vos quisiste y no me dijiste una sola palabra, todo el tiempo con la misma cara. Decime algo, lo que sea. ¿entendés algo de lo que pasa?”.

¿Qué esperaba que le dijera? ¿podía hablar? ¿era capaz de producir sonidos, articular palabras, transmitir ideas? Dije lo primero que se me vino a la mente: “Sos mucho más linda cuando sonreís”.

Me miró con los ojos tranquilos, me miró de arriba a abajo, me miró y me hizo sentir más desnudo de lo que estaba. Yo me quedé mirándola, en silencio: no tenía nada más que decir. Ella se acercó y me dio un beso delicado en la frente. La seguí con la mirada cuando agarró sus cosas y se fue.

Estaba bastante seguro de que no habría nadie espiándome y me tomé mi tiempo. Mi ropa perfectamente lavada y planchada estaba sobre la silla. Me vestí disfrutando lo leve del tacto de la ropa contra mi cuerpo, lo delicado del acto.

Semanas o meses después seguí pensando en el evento, preguntandome si realmente todo había ocurrido como siempre ocurría. Veía a todas las personitas grises que caminaban por la calle con la mirada perdida y me preguntaba cuánto compartiríamos si nos atreviéramos a mencionarlo. Ella había notado mi lunar y se había sorprendido (¿feliz?) con lo que le dije. ¿Alcanzaría para reconocerme, para extrañarme, para que volviera a elegirme? Tal vez ni siquiera me distinguiría entre tantos.

No era algo necesariamente malo. Tal vez la única chance de que me eligiera de nuevo estaba en mi anonimato. Pero me habían enseñado que si bien a veces nos buscan y nos observan y nos atrapan, también nos conocen, saben cuando ya nos han elegido. Cuando recuerdo su actitud, sus gestos, y pienso que los encontré tantas veces en tantos otros lugares distintos me pregunto si ella será como yo, si ellos serán como nosotros. Y a veces vuelvo a pensar que no tiene por qué pasar siempre, que nadie tiene por qué saber o entender lo que me ocurrió, que en realidad esas cosas nunca ocurren y que me pasó solo a mí, único e irrepetible.

Era casi de noche cuando salí por el pasillo poco iluminado. Desde la calle pude ver el hotel: era un edificio viejo que apenas se sostenía. Creí reconocer las cortinas color crema entre las demás, todas distintas. Probablemente había pasado mil veces por ahí sin prestarle atención y probablemente volví a pasar otras tantas, pero por más que quise conservar sus detalles o sus formas, pocos días después se me perdió entre todos los lugares que visitaba.


2 Respuestas a “las visitantes”


  1. Mayo 9, 2009 a las 5:22 pm

    Le hice algunos cambios pequeños, preo creo que fundamentales. Para los arqueólogos, dentro de poco voy a empezar a subir las distintas versiones de los textos, al menos las que difieren entre sí en más que simples correcciones.

    Originalmente había propuesto una galletita de chocolate al que reconozca a la chica, pero creo que los cambios ya lo hacen obscenamente claro, si no lo era antes.


Escribe un comentario




Acerca de

Oxi-bithue es una marca de cigarillos que solo se vende en el Uruguay. Se supone que fumar oxi's es pertenecer a un selecto grupo de personas, que dos fumadores de oxi pueden reconocerse de lejos.

 

Junio 2009
L M X J V S D
« May   Sep »
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
2930