12
Sep
09

con el tiempo

Me puedo ver en ese momento: estoy sentado al borde del sofá del living, con mis codos sobre las rodillas, con el dedo índice apoyado sobre los labios, como pidiendo silencio, el pulgar bajo la barbilla, mi ropa humedeciéndose con el vapor que sale del baño. Ella está parada delante de mí envuelta en una toalla esperando que dé un paso. Le sonrío y ella me devuelve la sonrisa y sale corriendo.

En ese momento estaba distraído, creo que ya sospechaba algo, pero no concientemente. Pensaba: tal vez Hector quiere que pase algo, tal vez está planeando algo. La gente hace eso: planifica algo y le gusta ver que las cosas salen tal como ellos esperaban, les gusta esa sensación de que por una vez,  a su alrededor (no en todo el universo, pero sí en un pequeño círculo de luz a su alrededor ) las cosas están donde tienen que estar y ellos las pusieron ahí, nuestro profundo deseo judío. No, en ese momento no era conciente, simplemente sentía un vago deseo de escapar.
Era mi última noche en la ciudad, así que habían planeado una salida “especial”. Yo iba en camino a un lugar especial: iba a tomarme un tren la mañana siguiente y no volver nunca más. Acababa de pasar cuatro días aquí con ellos y me parecía suficiente, muchas gracias, hasta luego. Quedaba, por supuesto, este asunto. Todo se iba a resolver esta noche.
¿Ella era parte del juego? Parecía disfrutar de la rienda suelta que le habían dado ese día. Jugaba con su vaso, se movía un poco más despacio, se daba vuelta para mirar a su abuelo, como desafiándolo. ¿Cuánto estás dispuesto a ceder? ¿Cuánta libertad me vas a dar si estoy dispuesta a jugar? Y después se dio vuelta hacia mí como preguntándome si estaba mirando, si estaba prestando atención. Era hermosa, definitivamente hermosa. Lo hubiera hecho con gusto, sin tanta ceremonia previa, pero Héctor no hubiera aceptado.
Llevaban puestas unas máscaras de tranquilidad, como si quisieran hacerte creer que el tiempo ya se había detenido acá, que no ocurría nada nunca más. Habían actuado así desde el momento que llegué. Cada tanto algo pasaba, algo ladraba o golpeaba o estallaba y les veías las caras de verdad, las caras de nos atacan y de otra vez las bombas [ese "de" está ahí a propósito. Si querés, la frase sería Las caras de "nos atacan" y de "otra vez bombas", pero no me gusta el ritmo que le dan las comillas, no hay pausa entre los "de" y las frases.], esas caras que miraban en todas las direcciones a la vez. Casi cuatro años y todavía no estaban acostumbrados. Después me miraban y sonreían, esperando que les devolviera la sonrisa, perdonándolos por perder la compostura. Y después de que todos desviaban la mirada para seguir comiendo, ella seguía mirándome, desafiándome.
Era como ser un héroe de lucha libre en la tele: ¿qué tiene de heroico si no podés perder? Conocés el guión, sabés que en un momento vas a estar a punto de caer, hacés lo imposible para que todos piensen que vas a perder (es imposible), pero todos saben que vas a ganar y ganás. Y ahí estás vos, haciendo tu papel, y ahí están todos aplaudiendo cuando levantás los brazos, victorioso. Bravo.
¿El plan de ese día? Cenar. Después un paseo “especial” en coche, a las afueras, y al volver uno por uno se iban a retirar. Nos iban a dejar solos, con el escenario listo para que yo diera el primer paso. ¿Y si no seguía el guión? ¿si no hacía nada, si no me movía? ¿empezaría ella? ¿Cómo reaccionaría si la desafiara a tomar el primer paso? Era casi, casi más tentador que estar con ella, conocer ese tacto, tan suave. Pero no iba a dejar pasar la ocasión. Yo también quería mi parte: ya había aceptado mi papel y lo iba a ejecutar completo.
Salimos. Era febrero, hacía mucho frío en la calle. Escuchaba el hielo que se había formado en la vereda romperse bajo nuestros pasos. Héctor se adelantó con el resto (con ellos: son mi familia, pero son ellos) y me dejó solo con ella. ¿Cuántos años tenía? ¿Dieciseis, diecisiete?  ¿Quién, Héctor o el narrador? Corregí para que quede claro R: Ella, me pareció que quedaba claro. La vas a ver, me había prometido Héctor. La vas a ver y te va a largar una de esas miradas que hacen que te revuelques en el piso con las cuatro patas en el aire. Sí, ahora sé que era eso lo que quería.
Así era más aburrido. Hubiera sido más excitante ir en contra de sus deseos, recibir miradas de reprobación y ser blanco de comentarios escandalizados. Pero entonces tal vez ella no se hubiera atrevido a hacerlo. O tal vez sí, ella estaba convencida de que tenía que tener lo que quería, convencida de que estaba hecha de seda y de que el mundo entero debía enterarse, conocer la delicadeza de su tacto, tan suave.
Efectivamente fuimos a las afueras, cerca del río. Nunca entendí por qué insisten en ir ahí, o por qué mantienen a esa gente en ese lugar.
No, no es cierto, sí lo entiendo.
Los mantienen ahí porque ahora son inofensivos y lo saben, así que cada tanto los van a ver, es como un paseo. Se dicen a si mismos que no les tienen más miedo y se regodean de no tener que vivir asustados y saben que es mentira, que aún ahora que son incapaces de lastimarlos les tienen un miedo atroz.
Así que los tienen acá, en esta especie de ciudad afuera de la ciudad, con sus casas y sus trabajos. La atracción turística para los habitantes de la propa ciudad, el paseo nocturno: caminan por las calles recitando poesía, haciendo malabares o simplemente deambulan para que se los pueda mirar como se mira a los animales en el zoológico.
Uno de ellos llamó mi atención. Parecía estar completamente borracho, tenía una barba larga, muy sucia: un hombre pálido, con una camiseta oscura y rota, las costillas sobresalientes. Era extraño (curioso, hubieran dicho ellos), un cuerpo con casi nada adentro. Una pequeña multitud lo rodeaba y miraba como corría y se chocaba contra paredes imaginarias, se levantaba de un salto curado y comenzaba a bailar dando vueltas, cantando feliz, feliz feliz como los niños aquí, moviendo los brazos y escupiendo a quien estuviera a su alcance.
Me abrí paso empujando para llegar a primera línea y la perdí entre la gente. Me alcanzó y me pidió que la esperara rozando mi brazo con la punta de sus dedos, urgente, alto, tan suave.
Estaba a mi lado, abrazándome cuando el hombre se dio vuelta y caminó  hacia nosotros, decidido. Mis brazos estaban ocupados buscándola y no me di cuenta que estaba tan cerca, tan cerca que sentí su hedor y ví frente a mí sus ojos inmensos, amarillos, vacíos. El se dio cuenta que lo estaba observando, no solo mirándolo, tal vez entendió que lo estaba esperando y extendió abiertas sus manos negras de tierra. Me sentí débil, tan débil que no pude alejarlo de mí cuando sujetó mis brazos con sus manos, respiró sobre mí con un aliento que me mareaba y me habló del interminable frío que sentía, del hambre que no podía ignorar más y acerca de cómo no quedaría nadie para enterrar sus huesos cuando se pudrieran junto al río, nadie pudo detenerlo en ese momento.
Héctor se abrió pasó y nos separó con fuerza; caí, rodé por el piso hasta una esquina a oscuras, y cuando recuperé el aliento vomité todo lo que había comido. Al rodar me había cortado la mano con algún vidrio roto de la calle. Héctor puso una mano sobre mi hombro e hizo presión sobre la herida con un pañuelo, me ayudó a ponerme de pie y me guió de vuelta al auto. Volvimos a su casa en silencio
Nos quedamos sentados un rato en el living, sin saber qué hacer, todos mirándonos entre nosotros, ellos temerosos de dejarme solo.
Entonces ocurrió.
Ella fue la primera en irse. Se puso de pie, me abrazó, me deseó un buen viaje y se fue. Miré a Hector, quizás pidiendo ayuda, y él la miró sin saber qué hacer. Sí, deberíamos dejarte dormir, dijo finalmente. ¿Acaso ella, ellos, me estaban poniendo a prueba? Se fue, cerró su puerta, durmió. Uno por uno todos dijeron buenas noches, tranquilizate, dormí bien y hasta mañana. Así.
Me dejaron solo en la oscuridad con mis pensamientos, y me negué a creerlo. Hasta el día de hoy me niego a creer que arriesgaron tanto, me niego a creer que se atrevió a no estar segura. No esperaba que fuera tras ella después de todo esto, que la siguiera cuando todos los demás se habían ido a dormir, abriera su puerta en medio de la noche, entrara en su cuarto a oscuras y aún sin un cómplice meterme bajo sus sábanas con ella, recorrer con mis manos su cuerpo, tan pequeño, tan suave. Yo también era pequeño, demasiado: sentí su cuerpo contra el mío y quise ser más grande (físicamente más grande, ocupar más espacio, como siempre), tan grande como para cubrirla por completo, tener una boca inmensa para envolverla con mi lengua y tragarla completa.

Se durmió abrazada a mí. Eso, también, eso me hace creer que no me esperaba, esa debilidad torpe con la que encontró la forma de acomodarse contra mi cuerpo.
Pude ver a través de la ventana que estaba nevando. Una vez más me puedo ver, esta vez en un tren que sale de la ciudad la mañana siguiente. Salí de la cama, me puse de pie. Ahora estoy parado en el living, mi dedo índice contra mis labios como pidiendo silencio, el pulgar contra la barilla y desnuda en el piso está ella, cubriéndome con su cuerpo. Si hago el menor ruido, Héctor va a salir y nos va a ver, y no voy a darle esa satisfacción. Conozco una única forma de resolverlo, por fin se me hace evidente. Apunto, con cuidado, y un único dispario sale en silencio, tan suave que apenas roza su cuerpo y se aloja bajo su brazo, cavando lentamente su camino adentro de ella, haciendo un agujero por el que dreno su sangre, que fluyó sobre mí.
Fui al baño y llené la bañera. Me limpie con cuidado, despacio, con atención. La luz del sol entraba en un ángulo extraño por la ventana pequeña y me quemaba la piel. Me vestí, busqué mis cosas y me fui antes de que despertaran. En el agua teñida de rojo comprendí que ahora no me quedaban más compromisos con ellos, me sentí libre de odiarlos y los odié, los odié con todas mis fuerzas y volví a dormir tranquilo, flotando.


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Oxi-bithue es una marca de cigarillos que solo se vende en el Uruguay. Se supone que fumar oxi's es pertenecer a un selecto grupo de personas, que dos fumadores de oxi pueden reconocerse de lejos.

 

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