Natalia vio el cuerpo muerto de su marido y sintió el asombro que hay en la llegada de lo eternamente postergado. Durante años lo habían perseguido, cazado, como a un perro, y su supervivencia le daba un aire casi invulnerable: después de tantos ataques, parecía que uno más no podía herirlo. Levantó la vista cuando se sintió egoísta, podrída y vacía: ella también había sobrevivido, ella también había escapado y entendió entonces que ella también podía morir en cualquier momento, que la muerte no los había perdonado sino que esperaba. Con la cabeza afeitada, el viejo se parecía a Lenin.
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